Hace un año veía la luz la antología Todas contamos,
un conjunto de relatos con la voz de distintas mujeres como hilo en común. Fue
un proyecto solidario y muy emocionante y este 8 de marzo quería recuperar una de aquellas narraciones breves —una escrita por mí, claro, no estaría bien tomar prestada alguna otra— y recomendaros que le deis una oportunidad a los relatos de María Montesinos, May Boeken, Silvia Sancho, las poesías de Peque Zurita, las ilustraciones de La reina sin castillo...
Este que os traigo trata sobre una familia que se reúne para celebrar un cumpleaños. Está lleno de guiños a mi entorno más cercano, pero lo que de veras me gustaría es que os hiciese pensar en el vuestro. Quiere ser un homenaje a esas mujeres a las que los cambios les llegaron tarde, también a las nuevas generaciones. Porque, yo misma —sin tener que ir más lejos— que estoy en una edad intermedia y durante mucho tiempo me sentí satisfecha por lo avanzado y no dudé en aprovechar posibilidades que antes nos estaban vedadas, no fue hasta que tomé conciencia de esas nuevas voces cuando comprendí lo mucho que aún queda por recorrer, lo poco solidario y lo cómodo que sería dar la lucha por concluida —o por no tan necesaria o como menos urgente— solo porque nuestra situación es más afortunada que la que vivieron nuestras abuelas o que la que viven millones de mujeres hoy en día. Porque no basta con cambiar las leyes si permitimos que ciertos roles —ciertos comportamientos, ciertos abusos— se sigan admitiendo como algo natural/tolerado/inevitable/consentido.
Y como la tarea es ingente y cada pequeño o gran gesto cuenta, un punto de partida —y de encuentro— es hablar más de ello. Por eso voy a cederles la palabra a Francisca, a Pilar y a Nuria. Y si queréis contarme vuestra opinión, cuál es vuestra visión o cómo ha sido vuestra experiencia, tened por seguro que os escucho.
Como dice Chimamanda: necesitamos de todas las voces |
Este que os traigo trata sobre una familia que se reúne para celebrar un cumpleaños. Está lleno de guiños a mi entorno más cercano, pero lo que de veras me gustaría es que os hiciese pensar en el vuestro. Quiere ser un homenaje a esas mujeres a las que los cambios les llegaron tarde, también a las nuevas generaciones. Porque, yo misma —sin tener que ir más lejos— que estoy en una edad intermedia y durante mucho tiempo me sentí satisfecha por lo avanzado y no dudé en aprovechar posibilidades que antes nos estaban vedadas, no fue hasta que tomé conciencia de esas nuevas voces cuando comprendí lo mucho que aún queda por recorrer, lo poco solidario y lo cómodo que sería dar la lucha por concluida —o por no tan necesaria o como menos urgente— solo porque nuestra situación es más afortunada que la que vivieron nuestras abuelas o que la que viven millones de mujeres hoy en día. Porque no basta con cambiar las leyes si permitimos que ciertos roles —ciertos comportamientos, ciertos abusos— se sigan admitiendo como algo natural/tolerado/inevitable/consentido.
Y como la tarea es ingente y cada pequeño o gran gesto cuenta, un punto de partida —y de encuentro— es hablar más de ello. Por eso voy a cederles la palabra a Francisca, a Pilar y a Nuria. Y si queréis contarme vuestra opinión, cuál es vuestra visión o cómo ha sido vuestra experiencia, tened por seguro que os escucho.
DEJA QUE HABLEN
—¡Jesús!
Pasa el plato de jamón, que los demás también lo queremos probar.
—Sí,
hombre, a ti te lo voy a dar. ¿Quién lo ha cortado? Haber colaborado como hemos
hecho los demás.
—¿Tú?
¿Tú has colaborado? Habrá sido para servirte el jamón.
—¿Te
parece poco?
—Qué
cabrón —soltó Andrés, su cuñado, mientras Javi, uno de los pequeños de la
familia con solo seis años, le reía la gracia.
—No
sufráis, que hay jamón para todos —terció Teresa dejando dos platos más sobre
la mesa.
—Dejad
ya de sacar comida y venid a sentaros —dijo Lucía, una de las nueras.
—Enseguida.
Vosotros id comiendo.
—Es
que es muy injusto, ¿a que sí, tía? —saltó Nuria—. ¿Por qué tienen que ser
siempre las mujeres las que sirvan la mesa y las que cocinen mientras los
hombres se quedan sentados?
—Pues
no veo yo que tú te muevas mucho —dijo Jesús que, además de cuñado de Andrés,
era el padre de Nuria.
—Ya
—dijo Nuria risueña—, pero lo hago por eso: para no perpetuar los roles. ¿A que
sí, abuela? ¿A que tú me entiendes?
—Dejad
a la niña que bastante tiene con estudiar —respondió Pilar, la abuela, haciendo
hueco en la mesa para una bandeja de hojaldres rellenos de gambas.
—¿Y
por qué a Carlos y a Vero no les decís nada? —preguntó Nuria señalando a su
primo y a su hermana menor.
—Eso,
echad una mano —dijo Jesús.
Los
primos estaban con el móvil, pasándose fotos e intercambiando likes.
—Venga,
vamos a ayudar —propuso Carlos—. ¿Qué hay que hacer, abuela?
—No
hay que hacer nada. Sentaos a la mesa y empezad a comer.
—¿Ves?
—dijo Vero mirando a su padre.
—Pero
si aún falta Raúl.
—Raúl
llegará tarde. Como si no lo conociéramos. Vosotros comed, que ya comeremos los
demás.
El
timbre sonó y Pilar apresuró a los nietos.
—Mira,
si antes hablamos… Anda, id a abrir, que seguro que es vuestro tío.
Los
dos echaron a correr pasillo adelante. Ganó Vero.
—¡¡Tío!!
—¡Sobrina!
—El
que faltaba —dijo Jesús cuando Raúl y su penúltima pareja entraron en el
salón—. Lo que te gusta hacerte de rogar.
—Yo
a destiempo, ya me conoces.
De
los tres hijos de Pilar, Raúl era el menor y el único que no le había dado
nietos y, quizá por eso mismo, el favorito de los sobrinos y el que más caso les
hacía.
—¿Cómo
andamos, Francisca? —dijo acercándose a la anciana que, silenciosa y encogida,
presidía la mesa.
—¿Por
qué la llamas así? —protestó Teresa—. Es tu abuela.
—Pero
si a ella le gusta, ¿verdad, abuela? —rectificó Raúl un poco arrepentido. Ese
día se juntaban veinte personas en casa de su madre. Todos familiares directos.
No quería que ya, tan pronto, empezaran a saltar las chispas.
Le
dio un beso y Francisca se fijó en él. Su rostro arrugado se iluminó con una
sonrisa.
—Raulito…
Raúl
rio, como si aún fuese el niño al que su abuela le perdonaba las trastadas.
Francisca tenía noventa años, todavía conservaba la lucidez, pero había ido
perdiendo energía mes tras mes. Se quedaba ausente con frecuencia, cuando se
levantaba tenía miedo de caerse, confundía los tiempos y a veces le ocurría que
no sabía si era la hora de acostarse o acababa de levantarse.
En
parte por eso, Pilar había insistido tanto en aquella reunión. La familia había
ido creciendo. Era complicado juntarlos a todos. Cuando unos no habían salido
un fin de semana, otros tenían examen o habían quedado con los amigos. La
excusa había sido el cumpleaños de Pilar, pero era lo de menos. Lo importante
era que estuvieran todos juntos. Además de sus hijos y nietos, también estaba
la familia de su hermana Carmen. Tenían otros dos hermanos que se fueron de
jóvenes a Alemania. Durante algunos años regresaron con relativa frecuencia y traían
con ellos a sus hijos. Pero ahora esos hijos, igual que los de Pilar, tenían su
propia familia y nada los unía al país de sus padres.
—¡Tío!
—exclamó Nuria abrazando mimosa a Raúl cuando se sentó a su lado, mientras Ana,
su pareja, se acercaba a la cocina a ver si necesitaban ayuda.
Pilar
apareció repartiendo platos de langostinos a la plancha.
—Venga,
que esto se enfría.
—Ay,
no, pobrecitos —dijo Nuria poniendo la mano en el plato para que no le
sirvieran.
—Pero
si no es carne —insistió Pilar.
—Que
no es eso. Son animales igual. No entiendes, abu.
—Déjala,
abuela, que está tonta —dijo Vero—. Dámelos a mí.
—¿Ahora
también eres vegana? —preguntó Raúl con voz llena de asombro.
—Feminista,
vegana y perroflauta. El lote completo —sentenció su tío Andrés.
—Vegana
cuando quiere —dijo su padre—, porque el jamón bien que lo comes.
—Es
que está tan rico… Intento ser fuerte, pero es muy difícil —se justificó Nuria.
—¿Le
pongo unos langostinos, madre? —preguntó Pilar a Francisca.
Francisca
puso gesto de desconcierto. Pilar repitió la pregunta.
—Échaselos
—dijo Carmen—. Yo se los pelo.
Su
hija comenzó a pelarle los langostinos y Francisca se fijó en toda la gente que
estaba sentada a la mesa. Eran muchos. Normalmente estaban ellas dos solas y su
yerno, Carmen venía algunas tardes, también los niños. Bueno, los niños, ya
eran hombres, como Raulito. Pero no sabía quién era aquel otro que hablaba tan
fuerte, ni la mujer con un bebé en brazos, ni el pequeño que jugaba con unos
muñecos mientras su madre —tenía que ser su madre—, una chica rubia, muy mona y
muy fina, le partía una tortilla francesa y se la daba a trocitos. También
reconocía a Teresa, a Juanjo, el hijo mayor de Carmen, y tras un instante de
vacilación, identificó a la chica del pelo largo y el vestido muy corto. Era
Nuria, la primera en nacer de los nietos de Pilar, la hija mayor de Jesús. Tan
guapa, tan lista. Su bisnieta.
—De
verdad que me interesa —decía Raúl conciliador—. Quiero entenderos. Piensa que
venimos de una época que fue revolucionaria en cuanto a la integración de la
mujer. Hubo avances en todos los campos, en el trabajo, en la política, en la
universidad. Yo creía que ahora lo teníais más fácil y, sin embargo, hay más
malestar que nunca. Toda esta radicalización, tanto hablar de visibilidad…
—Esta
qué te va a explicar. Si solo se les da bien quejarse —dijo Andrés—. Pues no
tenéis que espabilar ni nada, que le digan a tu abuela Francisca lo que es el
feminismo. ¿Eh, abuela? ¿Usted qué piensa?
Francisca
miró a aquel hombre que hablaba tan alto. Ya caía, era el marido de Teresa. Lo
mismo por eso su nieta siempre andaba de mal humor y rara era la vez que no
acababa discutiendo con la madre.
—Claro
que se ha avanzado, pero no podemos conformarnos con esperar a que las cosas se
solucionen solas porque no va a pasar —dijo Nuria, ignorando a su tío Andrés y
centrándose en Raúl—. ¿Cómo va a ser radicalidad reivindicar una auténtica
igualdad? ¿Cómo no va a haber malestar si no puedo salir de noche sin tener
miedo de que me maten o me violen?
—Pero
siempre va a haber delincuentes, canallas, violadores, asesinos… Eso no vais a
cambiarlo ni vosotras ni nadie, está en la naturaleza humana.
—A
lo mejor no, pero para empezar no estaría mal que la sociedad dejara de
culparnos a nosotras y no a los auténticos responsables.
—Mira,
en eso te doy la razón —dijo Julia, la chica que tenía cogido en brazos al bebé—.
Y donde aún hay un montón de trabajo que hacer es respecto a la conciliación
familiar, que mucho llenarse la boca, pero aquí las únicas que conciliamos
somos nosotras.
—¿Y
qué quieres que haga si cada vez que aviso que voy a faltar me ponen mala cara?
Y si dices que es por tu hijo es aún peor. Tengo que estar inventando excusas.
—Pues
imagina nosotras. Gracias a que en el curro somos dos compañeras y nos echamos
un cable la una a la otra, pero tengo montones de amigas que no han visto más
salida que dejar de trabajar y otras muchas que no se atreven a quedarse
embarazadas o que lo van dejando, dejando…
—Pero
es que tanto cambio, tanto cambio… Los niños tienen que tener un hogar —dijo
Tomás, el marido de Pilar—. No como ahora que ya no se sabe quién es el padre,
quién es la madre…
—Tú
come y calla —dijo Pilar pensando en Sofía, que estaba sentada en una esquina
de la mesa y era la nueva pareja de su sobrino David. Sofía tenía dos hijos de
un matrimonio anterior que no habían venido porque pasaban el fin de semana con
su padre.
—Me
callaré si me da la gana —protestó Tomás.
—Es
que también hay que cambiar eso —dijo Nuria—. El concepto de familia. No hay un
único modelo de familia, como no hay una única clase de amor. Hay que superar ideas
preconcebidas y hacerlo desde el respeto.
—Me
parece muy bien, pero a mí no me traigas más chicos a casa hasta que llegue el
definitivo —dijo su padre—, porque anda que el de la semana pasada…
—Marcos
es solo un amigo, papá, ya te lo he dicho. Además es gay.
—Pero
como dices que hay tantos tipos de amor… Ya no sabe uno qué pensar.
—¿No
quiere más, madre? —dijo Pilar—. ¿Le traigo mejor un poco de sopa?
Francisca
dijo que sí con la cabeza y al poco rato ya tenía el plato delante. Empezó a
comer despacio. La mano le temblaba, pero si no llenaba mucho la cuchara
conseguía no derramarlo. Dejó de prestar atención a las voces. La aturullaban,
tanto ruido, tanta gente. Le gustaba oír a Nuria. Pilar le contaba cosas de
ella. Que iba a la universidad, que había empezado a estudiar Derecho. Una
bisnieta suya en la universidad. Si lo supieran en Villafranca…
Francisca
había nacido en un pueblo de la Mancha, se crio entre viñedos y olivares. Tuvo
una niñez dura, en plena posguerra, con el padre muerto, la madre y ella solas.
Con catorce años se puso a servir. Fregaba los suelos de rodillas con un
cepillo, una bayeta y un cubo. Cuando tenía la edad de Nuria, se casó con
Sebastián, su primer y único novio. Estuvieron dos años hablándose, uno de ellos
por carta porque a Sebastián le llamaron a quintas y le destinaron a Melilla.
Le escribía unas pocas líneas con letra torpe que Francisca tardaba días en
descifrar porque apenas sabía leer. Fue en el 46 y llegó intacta a la noche de
bodas tras resistir todos los intentos de avance de él, tanto por las buenas
como por las malas, porque sabía que si cedía ya no la respetaría.
—El
mito del amor romántico es otra manipulación para condicionarnos y limitarnos
—decía Nuria—. ¿Por qué una ruptura tiene que verse como un fracaso? ¿Por qué
hay que aspirar a estar con la misma pareja toda la vida? Estaré si estoy a
gusto, si los dos estamos a gusto, pero si no, adiós muy buenas. Y si estoy
bien con dos personas a la vez, ¿dónde está el problema?
—Eso,
libertad… Cachondeo —dijo Andrés.
—Pues
lo que han hecho los hombres toda la vida —dijo Carmen, que en los años ochenta
se enteró de que su marido tenía una querida. Se divorció para escándalo de la familia
y los amigos que le decían que aguantase por sus hijos. Sus hijos ya eran
hombres y su marido terminó casándose con la otra. Carmen se había quedado sola
todo aquel tiempo. Bueno, sola no, tenía a Pilar que había respetado su
decisión. Por aquel entonces, Francisca y Sebastián vivían en el pueblo y solo
se veían durante los veranos.
—Di
que sí —dijo Julia—. Tú aprovecha y diviértete que ya tendrás tiempo de cenar siempre
el mismo postre.
—Tendrás
tú queja —dijo su marido.
—Ay,
hijo. Como cuando teníamos veinte años no es.
—Espera
a que volvamos a casa y me lo cuentas.
—Eso,
Juanjo, deja alto el pabellón.
En
sus noventa años de vida nunca había hablado Francisca de lo que sucedía en la
cama entre un hombre y una mujer. Antes no se estilaba y ahora no había nadie
para oírla. Podía habérselo contado a Pilar, pero le daba reparo y bastante trabajo
tenía ya con los nietos y el marido y el que le daba ella misma para andar
entreteniéndola con cuentos más viejos que Calleja.
Cinco
hijos había tenido sin que aquello le diera ni frío ni calor. La noche de
bodas, después de tanta espera y tanto ruego, terminó en diez minutos. Después,
en los primeros tiempos de casados, le pusieron un poco más de intención.
Sebastián la perseguía en cuanto entraba por la puerta. Ella le esquivaba y se
hacía la entretenida con la cena, con la plancha o la costura. Al final se
dejaba convencer entre risas. Era la mejor parte, aquel juego del sí pero no.
Luego todo volvía a acabar sin que le diera tiempo a enterarse y Francisca se quedaba
con ese algo insatisfecho, despierta y desvelada, mientras Sebastián se echaba
a un lado y al rato ya roncaba.
Después
vinieron los hijos y se le quitaron del todo las ganas, pero él insistía,
insistía… Si hubiese sido como hoy en día, con la píldora, las cosas que
aprendías con la televisión, tanto como se sabía, pero por aquel tiempo
Francisca solo podía pensar que por un rato de gusto —de gusto para él— luego
tenía que estar nueve meses con el vientre hinchado, partirse en dos para dar a
luz y penar todos los días por sacar a las criaturas adelante. Cuántas noches
sin dormir por las calenturas, cuántos pañales que lavar, la leche que se le
cortó cuando Pilar tenía cuatro meses, Miguelín, que murió de meningitis a los
dos añitos, Carmen, que nació prematura y era igual que un gatito y tuvieron
que criarla entre algodones y las vecinas iban a verla y decían que para que se
quedara como un vegetal mejor que se la llevara Dios…
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—También
hay hombres que cuidan —dijo Raúl.
—No
compares. ¿Cuántos hombres? ¿Uno por cada diez mujeres? ¿Dos por cada
cincuenta? Ni eso.
—No
tengo las estadísticas.
—Búscalo
en Google —dijo Andrés—. Pon feminazis,
a ver qué te aparece.
—La
abuela Pilar, por ejemplo —insistió Nuria—. Si ella no se ocupara de la abuela
Francisca, el Estado tendría que pagarle una residencia. ¿O la iban a dejar
tirada en la calle con noventa años?
—Le
he dicho un montón de veces a tu madre que se venga una temporada conmigo —dijo
Carmen dirigiéndose a Raúl—, pero tiene que ser lo que ella diga. Ahora, que yo
se lo tengo dicho a mis hijos, cuando no pueda valerme por mí misma me voy a
una residencia.
—¿Qué
habláis ahora de residencias? —cortó Pilar entrando con el asado.
Tuvieron
dos hijos más, dos varones, Ramiro y Nicolás. Los dos se marcharon a Alemania a finales de los sesenta. En el pueblo no había trabajo, las chicas acabaron
tirando para Madrid, primero Pilar y enseguida Carmen. Sebastián y ella se
quedaron en el pueblo. Hasta que él murió con setenta y cinco años, Francisca
no supo lo que era tener dinero propio. Cualquier gasto, un arreglo en la casa,
una ayuda para sus hijas, un regalo para los nietos, tenía que pedirle el dinero
a él. Discutían mucho por eso en los últimos tiempos. No es que fuera malo,
pero se volvió avaro. Eran los noventa y seguían viviendo como en los cincuenta,
comiendo cocido a diario y cenando pan con un trozo de queso. Cuando le
ingresaron la pensión de viudedad —una miseria porque los jornales del campo
cotizaban lo mínimo, pero el primer dinero del que no tenía que dar cuentas a
nadie—, se compró un abrigo porque llevaba veinte años con el mismo.
No
era malo, no, Sebastián. Trabajador, cabal, hombre de su casa, que no paraba en
los bares ni se metía en querellas. Ella le preparaba la ropa, tenía la comida
a punto, le insistía los domingos para que se diese un baño porque le gustaba
poco el agua y se lavaba como los gatos. Tuvieron una época mala, cuando los
niños eran chicos y ella le rehuía porque no quería volver a quedarse
embarazada, le daba la espalda y él estaba de mal humor y discutían por
cualquier cosa. Al final, Francisca cedía y Sebastián estaba unos días más
contento. Traía alguna golosina para los niños, andaba zalamero con ella, pero
a Francisca aquellos mimos le dejaban un regusto amargo.
Luego
su suegra enfermó. Una parálisis la dejó en cama. Los hermanos de Sebastián se
habían ido a la ciudad. Solo quedaba ella. Sus suegros se mudaron a su casa.
Hubo que dejarles una habitación. Francisca lavaba y cambiaba a la madre de su
marido, le curaba las heridas, atendía al suegro. Sebastián dejó de insistirle
y se aguantaba si la camisa que pensaba ponerse no estaba planchada.
Cuidó
de ellos hasta que fallecieron. A su madre no. A ella no hizo falta cuidarla.
Murió joven, tanto que no llegó a conocer a su primera nieta. Andaba mala y no
quería ir a los médicos. Francisca se empeñó. Estaba de siete meses cuando
consiguió convencerla, subirla al autocar y llevarla a la ciudad. Aún se
acordaba del gesto del doctor cuando preguntó si no la había acompañado su
marido. Tenía un tumor en el páncreas. A su madre no se lo contaron. Francisca no
tuvo el valor de decírselo, se quedó como atontada, sujetándose la tripa como
si la criatura fuera a escapársele si la soltaba. Volvieron al pueblo calladas,
cogidas de la mano. Murió un mes más tarde. Francisca siempre pensó que su
madre adivinó desde el principio que le quedaba poco tiempo.
—Pues
no lo entiendo, tan modernas que sois para algunas cosas, ¿por qué no queréis
que se legalice la prostitución? Se acabaría con las mafias, tendrían derecho a
pensión, revisiones sanitarias, más controles…Si son ellas las que lo piden. No
sois coherentes. ¿No decís que cada una puede hacer con su cuerpo lo que
quiera?
—¡Pero
es que no es así! —clamó Nuria—. La legalización no acabaría con las mafias,
seguiría existiendo explotación. No hay libertad para elegir, se trata de
pobreza. ¿Quién ejerce la prostitución? Mujeres del este, africanas,
latinoamericanas…
—Putas
emigrantes que nos quitan el trabajo —dijo Andrés volviendo a hacerse el
gracioso.
—No
es un trabajo, es una degradación. No puede haber una ley que permita humillar
a otro ser humano a cambio de dinero.
—Díselo
a mi jefe —terció Juanjo.
—¡Y
al mío! —se unió David.
Las
risas corrieron por la mesa, pero Nuria no rio. Era joven, se exaltaba, le
dolía, se ponía en el lugar de esas mujeres y no podía controlar la náusea.
—Vale,
legalicémoslo —dijo Nuria alzando la voz—, que sea una profesión y cualquiera
pueda ejercerla, que les digan a las niñas en las escuelas que de mayores pueden
ser prostitutas, que es un oficio tan bueno como cualquier otro. ¿Qué os
parecería si os dijera que en lugar de estudiar Derecho me voy a hacer
prostituta?
Andrés
respondió primero.
—Si
fueras mi hija te metía una hostia…
—Bueno,
ya está bien —saltó Teresa volviéndose a su marido, mientras Carlos, el hijo de
ambos, miraba al plato y pensaba en el momento en el que les dijera que era
homosexual y, como otras veces, decidió que ese día podía esperar.
—Nuria,
hija, ¿podríamos hablar de otra cosa? —dijo su padre.
—Si
es que siempre tienes que liarla —recriminó el abuelo Tomás a Raúl—. Parece que
disfrutas sacándola de quicio.
—Pero
si solo estábamos charlando. Sois vosotros que no sabéis mantener una
conversación.
—Anda
que estarás orgullosa de que tu abuela te oiga hablar así. Como lo hagas igual
cuando seas abogada… Te auguro un carrerón.
—¡Dejad
a la niña en paz! —exclamó Pilar.
—Escuchad…
—comenzó Francisca, aunque apenas se la oyó. Tenía la voz atrofiada por la
falta de uso.
—Callad,
que la abuela quiere decir algo —pidió Carmen.
—Eso,
escucha a los mayores —dijo Andrés—. ¿Usted qué dice, abuela? En sus tiempos no
pasaban estas cosas, ¿verdad que no?
No
sabía cómo empezar. Nunca había aprendido a usar las palabras. Creció en una
época en la que te enseñaban —te obligaban— a callar. Nunca habló con su madre,
apenas con su marido, poco más con sus hijas. No de las cosas importantes. Se
callaban. Se lo guardaban para ellas.
—A
mi padre lo mataron en la guerra —empezó con la voz cascada y baja—. Yo tenía
ocho años y mi madre se quedó sola conmigo y con mis dos hermanos. El mediano
murió en el 37 y al chico se lo llevó una hermana de mi abuela que no podía
tener hijos y lo crío como si fuera suyo. Mi madre iba a espigar, a la
vendimia, a recoger aceituna, a rebuscar cebollas. Había días que solo teníamos
bellotas para comer y otras ni eso, ni un mendrugo de pan porque le daban lo
peor del racionamiento, las judías llenas de gusanos y el pan mohoso. Teníamos
que limpiarlas y coger las que se podían comer y quedaba un puñado como esto
—dijo Francisca mostrando la mano cerrada y temblorosa.
—¿Has
oído, Javi? —interrumpió su padre—. Judías con gusanos para cenar. ¿Qué te
parece?
Javi,
que para comer tenía que estar jugando con los muñecos de Spiderman o si no no
comía, puso cara de asco. Andrés también iba a decir algo, pero las otras voces
fueron más fuertes.
—Callaos
ya. Dejad que hable la abuela.
—Pasamos
mucha hambre y mucha miseria, mucha necesidad. Una mañana me levanté y no había
comida, como no la había habido el día antes. Mi madre estaba sentada al lado
del puchero, pero no había nada dentro, las pajas estaban apagadas. Yo lo
sabía, pero de todos modos me senté a la mesa, esperando que ella trajera algo…
La
voz de la abuela se quebró. Estaba a punto de echarse a llorar.
—No
se fatigue, abuela.
—Cuántas
penas.
—Para
que nos quejemos ahora.
Y
el murmullo de voces que poco a poco volvían a lo suyo y no querían saber nada
de calamidades pasadas fue creciendo.
—Mi
madre se levantó, cogió la toquilla y se echó a la calle —dijo Francisca
recuperando la fuerza, imponiéndose sobre las otras voces—. Volvió al cabo de
un rato y traía una hogaza entera de pan. Lo puso encima de la mesa y dijo: «Come,
come hasta que te hartes». Me comí más de la mitad, todavía recuerdo lo bueno
que estaba, caliente, recién hecho. Le dije: «¿Tú no quieres?» deseando que
dijera que no, aunque la tripa me dolía de comer tanto y tan deprisa. Ella dijo:
«No puedo. Me da asco».
La
abuela Francisca siempre estaba callada, apartada en su rincón, los más jóvenes
se habían acostumbrado a verla como algo querido, pero poco más que parte
integrante de la decoración de la casa de la abuela Pilar. No entendían por qué
de repente se empeñaba en recordarles un pasado que había quedado atrás hacía
mucho, mucho tiempo.
Pero
Francisca se entendía.
—Mi
madre se hizo puta aquel día para darme de comer. Tuvo que dejar que el del
racionamiento le hiciera las marranadas que le diera la gana para traer a casa
aquella hogaza de pan. Y tuvo que callar y aguantar que la gente la señalara y
hablase a sus espaldas. Y cuando fui moza, los hombres me buscaban y, como mi
madre era una puta, decían que yo lo sería igual y uno que llamaban el Fino
casi me desgració cuando tenía catorce años. Gracias a mi madre que llegó en
ese momento y le atizó con la badila del brasero y le hizo una brecha en la
cabeza y luego él casi la mata, que tuve que llamar yo a los guardias, y a él
le dejaron libre y a mi madre se la llevaron al cuartel y no la soltaron hasta
el día siguiente. Y yo te digo, hija, yo te digo —repitió Francisca
dirigiéndose a Nuria—, que no quiero para vosotras lo que tuvimos que pasar las
demás, que no aguantéis a un hombre porque os haga falta su comida o su dinero,
que estéis con quien queráis, pero que sea por gusto, no por necesidad ni por
miedo. Y que ojalá llegues a mis años y tengas que explicarle a tus nietas lo
que era ese miedo porque eso querrá decir que ellas no lo conocieron.
La
mesa estaba en silencio, la mano de Pilar sujetaba la de su madre. Francisca
estaba muy emocionada, igual que sus hijas y que la misma Nuria, y también Vero,
que perdonó un poco a su hermana que siempre acaparase toda la atención.
—Vamos
a conseguirlo, abuela. Ya verás —dijo Nuria.
—No,
yo ya no lo veré. Pero tú sí y vosotras —dijo dirigiéndose a Vero y a la
chiquitina, Cristina, que dormía en brazos de Julia.
—Vamos
a brindar por eso —dijo Raúl para recuperar la iniciativa. Estaba acostumbrado
a ser quien llevara la voz cantante en las reuniones familiares, pero aquel día
la situación se le había ido de las manos. No sabía si le habían dado la comida
a su madre o aún estarían a tiempo de arreglarlo—. Y por la abuela Pilar, que
para eso es su cumpleaños.
—No,
no. No brindéis solo por mí —dijo Pilar espantando el nudo de lágrimas que
tenía en la garganta—. Brindad por todas, por todas las mujeres de esta familia.
—¿Y
nosotros qué? —se quejó su marido—. Brindad también por nosotros.
—A
vosotros ya os tocará otro día —dijo Pilar sin ceder.
—Venga,
por nosotras —dijo Julia alzando la primera la copa.
Se
oyeron más protestas, preguntas de si se podía brindar con Coca Cola, alguien
descorchó una botella de cava y el estruendo y los gritos de susto
sobresaltaron al bebé que se despertó.
—Por
las mujeres empoderadas —dijo Raúl.
—¡Por
nosotras! —dijeron ellas a coro.
Hubo
risas, besos, abrazos… Vero y Carlos trajeron la tarta de cumpleaños, Pilar
sopló las velas y llovieron los regalos. El suelo quedó lleno de papel de
colores y lazos, sobre la mesa aparecieron un bolso, dos pañuelos, un perfume, un
robot aspirador… El salón se fue despejando. Los hijos de Carmen se marcharon
pronto, Andrés había cogido por banda a su cuñado Jesús y le explicaba lo bien
que marchaba su nuevo negocio, Teresa salió al balcón a fumar tranquila un
cigarrillo, las nueras de Pilar se ponían al día en la cocina y Raúl animaba a
Vero y Carlos a dejarse de tanta red social y les proponía llevárselos ese
verano a Roma si prometían olvidar el móvil en casa.
En
una esquina del salón, Nuria conversaba con su bisabuela. Francisca hablaba en
voz baja desde su sillón junto a la ventana y Nuria asentía con las pupilas
brillantes y liquidas.
En
la mesa, Carmen y Pilar tomaban un café mientras dejaban que el lavavajillas se
encargase de los cubiertos y los platos, ignorando los ronquidos ocasionales de
Tomás, que dormía la siesta en el sofá.
—¿Tú
sabías lo de la abuela?
—Qué
va, madre nunca me dijo nada. ¿Y tú?
—A
mí tampoco, pero algo había oído —reconoció Carmen.
—¿Y
eso?
—Me
lo contó Benito, el marido de Asunción, la prima de madre, que en Villafranca
lo sabía todo el pueblo y que las mozas no se juntaban con madre para que no les
echaran la misma fama.
—¿Y
me lo cuentas ahora?
—¿Y
cuándo querías que te lo dijese? Menudo plato de gusto enterarte que tu abuela era
puta. Además, Benito siempre fue un correveidile y un liante. Le pregunté a
Asunción y me dijo que no sabía nada de eso, que ella nunca le había vuelto la
cara a madre.
Pilar
calló. Ellas no se habían criado en Villafranca. Cuando sus padres se casaron,
se fueron a vivir al pueblo de Sebastián. Las pocas veces que vino de visita
algún miembro de su familia, su madre lo recibió y lo atendió con toda la
dignidad que permitían los escasos medios de entonces. Pero, si hacía memoria, le
parecía recordar el gesto serio y el golpe seco con el que se cerró la puerta
cuando la prima de su madre vino a verlas.
—Tenías
que habérmelo dicho. Me habría gustado saberlo —dijo Pilar.
—Eso
lo dices ahora, porque si hubieses estado en mi lugar, con Benito rebozándomelo
y la prima Asunción sin decir una palabra… Menuda vergüenza.
—La
habríamos defendido.
—¿Y
de qué habría servido? Eran otros tiempos. Esto que te digo pasó… Date cuenta,
era Juanjo pequeño y David no había nacido.
Pilar
no insistió. Había sido un día largo con los preparativos de la comida, tanta gente
metida en un piso de ochenta metros, y eran setenta años los que cumplía. La gente
joven no quería complicaciones, Teresa y lo mismo sus nueras le habían dicho
que por qué no lo celebraban en un restaurante, que para qué tanto jaleo, pero
ella estaba contenta por cómo había ido todo, feliz de tenerlos allí.
—¿Qué
le estará contando?
Pilar
se volvió hacia ellas y experimentó una fuerte emoción, mezcla de amor y
orgullo por las dos, por la madre y por la nieta.
—No
lo sé, pero deja que hablen.
♥♥
ResponderEliminarPorque tantas mujeres no tengas estas historias que contar, cuan privilegiada me siento
¡Ya me has emocionado!
Un besote
Es verdad, Pepa, somos unas privilegiadas, por eso qué menos que estar a la altura de quienes nos precedieron, y que conste que no es fácil, pero también me emociona comprobar que el relevo está en buenas manos <3. ¡Gracias siempre por el cariño y un abrazo muy grande!
EliminarQue relato más bonito y conmovedor, pero sobre todo tan lleno de verdad. Me quedo con la frase final de Francisca, me ha emocionado hasta las lágrimas. Con tu permiso lo comparto :)
ResponderEliminarYo tampoco puedo evitar emocionarme, Aracely, y lo puedo decir porque no se trata ya de cómo esté escrito, ¿verdad? Es por eso que dices, por esa realidad tan cercana aunque a veces lo olvidemos. Un abrazo muy grande y gracias de todo corazón.
EliminarLa primera que te leo amiga y no será la última. Me he emocionado recordando el pasado de mis abuelas en tiempos de guerras cuando con poquitos alimentos sacaban ricas comidas para repartir entre toda la familia. Me ha encantado. Un beso!! ����
ResponderEliminarA veces tenemos esa sensación de que aquellos tiempos han quedado muy lejanos, pero no lo son tanto, ¿verdad? La prueba son esos recuerdos que nos asaltan cuando evocamos nuestra niñez, a nuestros abuelos. Ahora nos toca a nosotros crear esos mismos buenos recuerdos y en eso tú eres experta ♡ ♡ ♡ ¡¡Gracias de corazón!!
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